Querida Familia Lanteriana

Oblatos de la Virgen María
Provincia Santa María de los Buenos Aires.
Villa Udaondo, 4 de abril de 2020.
Querida familia lanteriana:

Hace algunos días, el Papa Francisco decía: Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente*. Esta descripción hecha por nuestro querido Francisco es, más o menos, lo que cada uno de nosotros está sintiendo en estos momentos.

En pocos días más, como comunidad creyente, estaremos celebrado la Pascua. Si la Pascua es el paso de la muerte a la Vida, antes es necesario detenernos a contemplar, a mirar, a valorar todo lo que representa la muerte y el límite en nuestras vidas.

Tal vez este año, casi de una forma obligada por la pandemia del Covid-19, al menos alguna vez se nos cruzó por la cabeza pensar cuál es el valor de la vida. Cuál es el sentido de la existencia humana. De qué valen todos los esfuerzos, dolores y angustias de cada día si, de repente, todo puede volarse de un plumazo. Qué es lo más importante que tengo y soy. A dónde estoy poniendo las fichas en mi vida. Quiénes son los más importantes en mi caminar cotidiano. En qué “gasto” mi vida. Cuál es el Norte que tengo para seguir andando… montones de preguntas que no admiten respuestas estudiadas en un manual.

De alguna manera, la pandemia nos re situó, nos volvió al eje de nuestra existencia. La humanidad entera entró de lleno en una gran semana santa.

La pandemia nos reveló dónde están las injusticias de este mundo. Nos mostró que los viejos y los niños son los que más tenemos que cuidar. Nos dejó al descubierto que el que el “acomodado” a la final, tiene la misma suerte que el que no tiene nada. Constatamos que solos no podemos nada y que la fuerza está en la comunidad. Redescubrimos el verdadero valor de un beso, una caricia, un abrazo. Nos dimos cuenta que ya no podíamos seguir “sobreviviendo”. Tomamos conciencia del daño que le estábamos haciendo a nuestro planeta, empezando por el que tenemos a nuestro lado todos los días. Descubrimos, no sin dolor, que muy cerca de nosotros, aún dentro de nosotros mismos, hay una periferia existencial profunda.

Y ¿ahora qué? Ahora es tiempo de cruz, de asumir el dolor, el límite, la soledad, el encierro, los miedos, las mezquindades, el pecado. Ahora es tiempo de configurarnos con Jesús el siervo sufriente.

Ahora es el tiempo favorable para despojarnos de todo aquello que representa la muerte y abrirnos a la Vida verdadera. Porque la Pascua no es nada más -ni menos- que eso: el triunfo de la Vida sobre la muerte. Y los creyentes lo sabemos con el corazón: Dios, el Dios en el que creemos, que es el Dios de la Vida, siempre tiene la última palabra. Y su palabra es Vida abundante. Sólo cuando dejemos que el Dios de la Vida pronuncie su palabra en cada uno de nosotros, entonces allí, estaremos celebrando la Pascua. Allí volveremos a confesar con nuestros corazones: ¡Jesús de Nazareth ha resucitado! Y volverán las risas, volverán las canciones, volverán los abrazos y los besos. Porque el Dios de Jesucristo, el Dios de la Vida, siempre tiene la última palabra.

Te deseo una hermosa semana Santa y una Feliz Pascua.

Te bendigo en el nombre de Dios.

p. Marcelo Turletti, omv

*Homilía del Papa Francisco en el momento extraordinario de oración por la pandemia, 27 de marzo de 2020.

La imagen que ilustra: Domingo de Ramos (Enrique Breccia)